Devocional para hoy

27 de Septiembre

Las Palabras, Indice del Carácter

El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas. (Mateo 12:35).

Nuestras palabras son un índice de nuestro carácter. Vemos así cuán importante es ser cuidadosos en el uso del habla. Este talento, cuando se lo usa correctamente, tiene mucho poder para el bien.

Es el privilegio de todos, llenar las cámaras del alma con tesoros puros y santos, familiarizándose cabalmente con las preciosas palabras de Cristo, que el habló para nuestra instrucción.

Al aceptar la reprensión y el aliento que se nos dan en la Palabra de Dios, podemos andar “como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo”. Los que son así fortalecidos, no caminan con la cabeza baja.

“Dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”. Por lo tanto, ¿no debiéramos todos nosotros, viejos y jóvenes, aprender a conversar en el idioma que hablan los que han sido trasladados al reino de Dios? ¿No haremos que nuestras palabras sean de tal naturaleza que nuestro Padre Celestial pueda oírlas con placer?

Por cuanto decimos ser cristianos, estamos bajo la solemne obligación de revelar con nuestras palabras la verdad de nuestra profesión. La lengua es un pequeño miembro; pero cuánto bien puede hacer si el corazón es puro. Si en el corazón hay almacenadas buenas cosas, si en él hay provisiones de ternura, simpatía y cortesía semejantes a las de Cristo, esto se demostrará por las palabras habladas y las acciones realizadas. La luz que brilla de la Palabra de Dios es nuestro guía. Nada debilita tanto a una iglesia como el uso incorrecto del talento del habla.

La calidad de nuestra obra se muestra en nuestras palabras. Cuando nuestras palabras y acciones armonizan en Cristo, demostramos que estamos consagrados a Dios, perfeccionando la santidad en su temor. A medida que nos entregamos en alma, cuerpo y espíritu a él, Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad.

La presencia del amor de Cristo en el corazón se revela por las expresiones de alabanza. Los que se han consagrado a Dios lo demostrarán por su conversación santificada. Si sus corazones son puros, sus palabras también lo serán, mostrando así la obra de un principio elevado en una dirección santificada. La mente estará absorta en la contemplación de las cosas santas, y habrá una sensación de la presencia de Dios.