Devocional para hoy

28 de Enero

La Naturaleza Se Compadeció de sus Sufrimientos

Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. (Lucas 23:44-45)

La fe y la esperanza temblaron en medio de la agonía mortal de Cristo, porque Dios ya no le aseguró su aprobación y aceptación, como hasta entonces. El Redentor del mundo había confiado en las evidencias que le habían fortalecido hasta allí, de que su Padre aceptaba sus labores y se complacía en su obra. En su agonía mortal, mientras entregaba su preciosa vida, tuvo que confiar por la fe solamente en Aquel a quien había obedecido con gozo. No le alentaron claros y brillantes rayos de esperanza que iluminasen a diestra y siniestra. Todo lo envolvía una lobreguez opresiva.

En medio de las espantosas tinieblas que la naturaleza formó por simpatía, el Redentor apuró la misteriosa copa hasta las heces. Mientras se le denegaba hasta la brillante esperanza y confianza en el triunfo que obtendría en lo futuro, exclamó con fuerte voz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). Conocía el carácter de su Padre, su justicia, misericordia y gran amor, y sometiéndose a él se entregó en sus manos. En medio de las convulsiones de la naturaleza, los asombrados espectadores oyeron las palabras del moribundo del Calvario.

La naturaleza simpatizó con los sufrimientos de su Autor. La tierra convulsa y las rocas desgarradas proclamaron que era el Hijo de Dios quien moría. Hubo un gran terremoto. El velo del templo se rasgó en dos. El terror se apoderó de los verdugos y de los espectadores, cuando las tinieblas velaron el sol, la tierra tembló bajo sus pies y las rocas se partieron. Las burlas y los escarnios de los príncipes de los sacerdotes y ancianos cesaron cuando Cristo entregó su espíritu en las manos de su Padre. La asombrada muchedumbre empezó a retirarse y buscar a tientas, en las tinieblas, el camino de regreso a la ciudad. Se golpeaban el pecho mientras volvían, y con terror cuchicheaban entre sí: “Asesinaron a un inocente. ¿Qué será de nosotros, si verdaderamente él es, como lo afirmó, el Hijo de Dios?”

Jesús no entregó su vida hasta que no hubo realizado la obra que había venido a hacer, exclamando con su último aliento: “Consumado es” (Juan 19:30). Satanás había sido derrotado. Sabía que su reino estaba perdido. Los ángeles se regocijaron cuando fueron pronunciadas las palabras: “Consumado es”. El gran plan de redención, que dependía de la muerte de Cristo, había sido ejecutado hasta allí. Y hubo gozo en el cielo porque los hijos de Adán podrían, mediante una vida de obediencia, ser finalmente exaltados al trono de Dios. ¡Oh, qué amor! ¡Qué asombroso amor fue el que trajo al Hijo de Dios a la tierra para que fuese hecho pecado por nosotros a fin de que pudiésemos ser reconciliados con Dios y llevados a vivir con él en sus mansiones de gloria!