Devocional para hoy

19 de Septiembre

La Vida del Cristiano Está Escondida con Cristo en Dios

El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano. (Salmos 92:12).

El agotado viajero lucha por avanzar sobre las calientes arenas del desierto, sin protección contra los rayos del sol tropical. El agua le escasea, hasta que no tiene nada con que apagar su ardiente sed. Su lengua se hincha; vacila como un borracho. Ante su mente pasan visiones del hogar y sus seres queridos, y cree estar a punto de perecer. De pronto, a la distancia, ve que surge de la terrible extensión arenosa una palmera, verde y lozana. La esperanza apresura los latidos de su corazón. Sigue adelante, sabiendo que el líquido que imparte vigor y frescura a la palmera, refrescará su sangre afiebrada y le concederá vida renovada.

Así como la palmera del desierto es guía y consuelo para el viajero a punto de perecer, también el cristiano debe serlo para el mundo. Debe guiar a las almas cansadas, llenas de inquietud y listas para perecer en el desierto del pecado, al agua viva. Debe señalar ante sus semejantes a Aquel que extiende a todos la invitación: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”.

El cielo puede ser como el bronce, la quemante arena puede amontonarse entre las raíces de la palmera y contra su tronco; sin embargo, el árbol continúa viviendo, sano y vigoroso. Si quitamos la arena, podremos descubrir el secreto de su vida; sus raíces se han hundido profundamente, hasta alcanzar el agua escondida en la tierra.

Así sucede en el caso del cristiano. Su vida está escondida con Cristo en Dios. Jesús es para él un pozo de agua que mana para vida eterna. Su fe, como las raíces de la palmera, penetra por debajo de las cosas que se ven, y obtiene vida de la Fuente de vida. Entre la corrupción del mundo, se mantiene verdadero y leal a Dios. La dulce influencia de la justicia de Cristo lo rodea. Su influencia eleva y bendice.

Los más humildes y pobres de entre los discípulos de Jesús, pueden ser bendición para sus semejantes. Quizás no se den cuenta de que están llevando a cabo algún bien especial, pero su influencia inconsciente esparce ondas de bendición que se hacen cada vez más amplias y profundas, y nunca conocerán los benditos resultados hasta el día de la recompensa final. No se requiere de ellos que se agoten pensando con ansiedad acerca del éxito. Todo lo que deben hacer es avanzar calladamente, llevando a cabo con fidelidad la obra que la providencia de Dios les asigne, y su vida no será en vano. Sus propias almas se acercarán más y más a la semejanza de Cristo; son obreros junto con Dios en esta vida, y de este modo se están preparando para la obra más elevada y el gozo sin sombras de la vida venidera.