Devocional para hoy

17 de Octubre

Dios es el Dueño

Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata. (Salmos 119:72).

Las palabras del salmista: “Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata” declaran algo que es cierto desde otros puntos de vista, fuera del religioso. Declaran una verdad absoluta, reconocida en el mundo de los negocios. Hasta en esta época de pasión por la acumulación de dinero, en que hay tanta competencia, y los métodos son tan poco escrupulosos, se reconoce ampliamente que, para el joven que se inicia en la vida, la integridad, la diligencia, la temperancia, la economía y la pureza constituyen un capital mejor que el formado meramente por una suma de dinero.

El cimiento de la integridad comercial y del verdadero éxito es el reconocimiento del derecho de propiedad de Dios. El Creador de todas las cosas es el propietario original. Nosotros somos sus mayordomos. Todo lo que tenemos es depósito suyo para ser usado de acuerdo con sus indicaciones.

Es ésta una obligación que pesa sobre cada ser humano. Tiene que ver con toda la esfera de la actividad humana. Reconozcámoslo o no, somos mayordomos provistos por Dios de talentos y facilidades y colocados en el mundo para hacer una obra asignada por él.

A cada hombre se le asigna “su propio oficio” (Marcos 13:34), la obra para la cual lo adaptan sus aptitudes, la que tendrá como resultado el mayor bien para sí mismo y sus semejantes, y el mayor honor para Dios.

De modo que nuestro negocio o vocación constituye una parte del gran plan de Dios, y, mientras sea dirigido de acuerdo con su voluntad, él será responsable de los resultados. Como “colaboradores de Dios” (1 Corintios 3:9), la parte que nos toca es obedecer fielmente sus instrucciones. No hay, por lo tanto, lugar para la preocupación ansiosa. Se requieren diligencia, fidelidad, cuidado, economía, y discreción. Cada facultad debe ser ejercitada hasta lo sumo. Pero la confianza no ha de ser puesta en el resultado feliz de nuestros esfuerzos, sino en la promesa de Dios. La Palabra que alimentó a Israel en el desierto, y mantuvo a Elías durante la época de hambre, tiene hoy el mismo poder que entonces. “No os afanéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿o qué beberemos?”

El que da a los hombres poder para conseguir riquezas, ha unido al don, una obligación. Reclama una porción determinada de todo lo que adquirimos. El diezmo pertenece al Señor. “Traed todo el diezmo al granero” (Malaquías 3:10), es la orden de Dios. No se hace ningún llamado a la gratitud o generosidad. Es una cuestión de simple honradez. El diezmo pertenece al Señor, y él nos ordena que le devolvamos lo que le pertenece.

“Se requiere en los dispensadores que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:2). Si la honradez es un principio esencial de la vida de negocios, ¿no hemos de reconocer nuestra obligación para con Dios, obligación básica de todas las demás?