Alumnos en la Escuela de Cristo
Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día
y de noche. Salmos
1:2.
La mente que se explaya mucho en la voluntad de Dios
revelada al hombre se fortalecerá en la verdad. Los que
leen y estudian con un profundo deseo de recibir luz
divina, sean ministros o no, encontrarán en las
Escrituras una belleza y una armonía que cautivarán su
atención, elevarán sus pensamientos y les proporcionarán
una inspiración y una energía de argumento que
resultarán ser poderosos para convencer y convertir a
las almas...
El salmista declara acerca del hombre recto: “En la ley
de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y
de noche”. Al referirse a su propia experiencia,
exclama: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella
mi meditación” Salmos
119:97. “Se anticiparon mis ojos a las vigilias
de la noche, para meditar en tus mandatos” vers.
148...
Jesús dijo a sus discípulos: “Aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón” Mateo
11:29. Quisiera suplicarles a los que han
aceptado la posición de maestros, que primero aprendan a
ser alumnos humildes, y a permanecer siempre como
estudiantes en la escuela de Cristo para recibir del
Maestro lecciones de mansedumbre y humildad de corazón.
La humildad de espíritu, combinada con una actividad
intensa, resultará en la salvación de las almas
compradas a tan alto precio por la sangre de Cristo...
“La fe sin obras es muerta” Santiago
2:20. El Señor necesita esa clase de fe que obra
por el amor y purifica el alma. Una fe viviente en
Cristo colocará cada acción de la vida y cada emoción
del alma en armonía con la verdad y la justicia divinas.
El mal humor, la exaltación propia, el orgullo, la
pasión y cualquier otro rasgo de carácter desemejante a
nuestro Modelo sagrado, debe ser vencido; entonces la
humildad, la mansedumbre y una gratitud sincera a Jesús
por su gran salvación fluirán continuamente de la fuente
purificada del corazón. La voz de Jesús debería
escucharse en el mensaje procedente de los labios de su
embajador...
Si las personas que dejan oír las solemnes notas de
amonestación para este tiempo pudieran darse cuenta de
su responsabilidad ante Dios, entonces percibirían la
necesidad que tienen de la oración ferviente. Cuando las
ciudades se acallaban con el sueño de medianoche, cuando
cada persona se había recogido en su casa, Cristo como
nuestro ejemplo se dirigía al Monte de los Olivos, y
allí, en medio de los árboles umbrosos, pasaba la noche
entera en oración. Aquel que no tenía la menor mancha de
pecado—un verdadero tesoro de bendiciones; cuya voz
escucharon los aterrados discípulos a la cuarta vigilia
de la noche sobre el mar en tempestad, impartiendo la
bendición del cielo, y cuyas palabras podían levantar a
los muertos de sus tumbas—era quien hacía suplicación
con fuertes sollozos y lágrimas. No oraba por sí mismo,
sino por aquellos a quienes había venido a salvar.